Capítulo 0
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Capítulo 0
No sabía qué hacer con las manos.
Las tenía sobre las rodillas, luego cruzadas, luego otra vez sobre las rodillas. Intenté dejarlas quietas, pero cuanto más lo pensaba, más consciente era de cada dedo.
Genial. Mi futuro iba a decidirse en unos minutos y yo estaba preocupada por parecer una idiota sentada.
La sala de espera del Personal era limpia, blanca, demasiado silenciosa. No silenciosa de calma. Silenciosa de gente intentando no respirar muy fuerte. Había otros candidatos repartidos por los bancos laterales, todos fingiendo que no estaban nerviosos. Algunos lo hacían mejor que otros.
Yo no sabía en qué grupo estaba.
La entrevista no era exactamente una condena, pero en B3 nada necesitaba ser tan dramático para arruinarte la vida. Si salía bien, podía terminar en una división decente. Investigación, Administración, Logística. Algo con techo limpio y comida menos triste. Si salía mal, todavía tendría trabajo. Siempre había trabajo. Esa era la parte horrible. Aquí nunca faltaba algo que hacer; solo faltaban razones para querer hacerlo.
Las Reservas estaban llenas de gente que alguna vez también había esperado una entrevista.
Miré hacia la puerta cerrada del fondo.
No quería terminar ahí.
Un movimiento a mi izquierda me sacó de mis pensamientos. Lucas estaba sentado dos bancos más allá, al lado de Mara Gray-Briar. Lo reconocí de vista. Casi todos nos reconocíamos de vista en B3, aunque fingiéramos lo contrario. Mara tenía las manos juntas sobre el regazo y miraba al suelo con esa rigidez de alguien que intenta ocupar menos espacio del que tiene.
Lucas, en cambio, no sabía hacer eso.
Ese era su problema.
Darian entró con Lyra, Alden y Tess detrás. No venían a entrevista, al menos no parecía. Darian habló con el auxiliar de la entrada, enseñó algo en su brazalete y recibió una respuesta baja. Algún permiso, alguna firma, algún asunto que no era mío. Lo suficiente para entrar sin sentarse a esperar como los demás.
Darian pasó cerca de Mara y la miró.
No fue una mirada larga. Ni siquiera hizo falta. Fue descarada, de arriba abajo, con una sonrisa pequeña, como si acabara de encontrar algo entretenido en una habitación aburrida.
Mara se tensó.
Lucas lo vio.
—Mira para otro lado —dijo.
La sala se quedó quieta de una forma distinta.
Yo cerré los ojos un segundo.
Ah, Lucas. Claro que sí. Perfecto momento para descubrir principios.
Darian se detuvo. Lyra sonrió apenas. Alden soltó una risa baja, como si ya supiera cómo iba a terminar todo. Tess miró a Lucas, luego a Darian, y después al suelo.
—¿Qué dijiste? —preguntó Darian.
Lucas se levantó. No demasiado rápido, pero sí lo suficiente para que pareciera una respuesta.
—Que mires para otro lado.
Mara le tocó el brazo.
—Lucas, no.
Él no le hizo caso. O sí le hizo caso, pero decidió ignorarla, que era peor.
Darian ladeó la cabeza, divertido.
—¿Tuya?
Lucas apretó la mandíbula.
—No dije eso.
—No, pero lo pensaste fuerte.
Alden se rió. Lyra no apartó la vista de Mara. Tess seguía en silencio.
El auxiliar de la entrada miró por encima de su pantalla. Vio la escena. Vio a Darian. Vio a Lucas. Luego volvió a mirar su pantalla.
Eso fue lo único que necesitaba saber.
Mara se puso de pie despacio.
—No queremos problemas —dijo.
Su voz salió baja. No débil. Baja. Como si estuviera intentando hablarle solo a Lucas, aunque todos pudiéramos oírla.
Darian dio un paso hacia ellos.
—Entonces dile a tu amigo que se siente.
Lucas no se movió.
Yo podía hacer algo. Técnicamente. Podía decir que estaban en una sala del Personal, que no era lugar para eso. Podía llamar al auxiliar. Podía meterme en medio y esperar que mis mediocres habilidades magicas asustaran a alguien.
Y luego podía entrar a mi entrevista con el nombre recién marcado en la cabeza de todos.
Conflictiva. Impulsiva. Poco criterio. Mala gestión de riesgo.
Me odié un poco por pensarlo tan rápido.
Darian bajó la voz.
—No estás en tu pasillo, Lucas. Aquí no ganas puntos por hacerte el valiente.
—Y tú no ganas nada mirando a Mara como si fuera-
Mara tiró de su manga.
—Lucas.
Esta vez su voz tembló.
Darian sonrió más.
—Termina la frase.
Lucas no la terminó.
Eso fue lo peor. No porque se rindiera, sino porque todos vimos el momento exacto en que entendió dónde estaba. En la sala del Personal. Frente a alguien con magia, amigos y más margen para equivocarse que él. Frente a un auxiliar que ya había decidido no ver nada.
Darian se acercó lo suficiente para obligarlo a levantar la barbilla.
—Eso pensé.
No lo golpeó. Ni siquiera lo tocó. Solo le acomodó el cuello de la camisa con dos dedos, como si estuviera arreglando algo fuera de lugar.
—Si vas a hablar, aprende a terminar las frases.
Lucas estaba rojo de rabia. Mara tenía los ojos fijos en su brazo, todavía sujetándolo.
Yo seguí sentada.
La puerta del fondo se abrió con un sonido suave.
—Estelle Vacuo.
Mi nombre cayó en la sala como una orden.
Me levanté demasiado rápido. Lo noté al instante, pero ya era tarde. Al pasar junto a ellos, Lucas no me miró. Mara sí. Solo un segundo.
No había reproche en su cara.
Eso lo hizo peor.
Entré a la sala de entrevistas y la puerta se cerró detrás de mí.
Por alguna razón, mis manos ya no temblaban.
No sé si eso me tranquilizó o me dio más miedo.
La sala era más pequeña de lo que esperaba.
No sé por qué había imaginado algo más grande. Una mesa larga, varias personas observándome, luces molestas, algún dispositivo registrando cada gesto. En cambio, solo había un escritorio limpio, dos sillas, una pared de vidrio opaco y un hombre revisando un archivo como si yo fuera una interrupción menor en su horario.
Ander Rovsman no levantó la vista de inmediato.
Me quedé de pie junto a la puerta, intentando decidir si debía saludar, sentarme o esperar. Al final no hice nada. Solo esperé.
—Siéntate —dijo.
Obedecí.
La silla era normal. Cómoda, supongo, aunque en ese momento no habría podido relajarme ni en una cama. Me senté con la espalda recta y las manos sobre las piernas, intentando no parecer demasiado rígida.
Rovsman pasó una página.
—Estelle Vacuo. Dieciocho años. Residente de B3 desde nacimiento. Sin familiares registrados en el sistema local. Educación básica completa. Rendimiento teórico alto. Rendimiento mágico bajo para tu grupo.
Escuchar mi vida en ese tono fue incómodo. No porque fuera falso. Justamente porque no lo era.
—Sí, señor —respondí.
—No era una pregunta.
Sentí la cara un poco caliente.
—Entiendo.
Primer error. Pequeño, pero suficiente para recordarme dónde estaba.
Rovsman dejó el archivo sobre el escritorio y por fin me miró. Tenía una expresión cansada, aunque no distraída. Parecía el tipo de persona que no necesitaba alzar la voz para que todos en la sala ajustaran la postura.
—¿Por qué quieres entrar al Personal?
Era la pregunta más obvia. Por supuesto que iba a empezar por ahí.
—Quiero aportar al funcionamiento de B3 y desarrollar mis capacidades en un área donde pueda ser útil.
Silencio.
Rovsman me miró unos segundos más.
—Esa respuesta no es tuya.
Parpadeé.
—Es... mi respuesta, señor.
—No. Es una respuesta hecha para sobrevivir a una entrevista. Hay diferencia.
No supe qué decir.
La había preparado porque sonaba correcta. Ese era el punto. Pero escuchada en voz alta, frente a él, se sintió como leer una etiqueta.
—Otra vez —dijo—. ¿Por qué quieres entrar al Personal?
Miré un punto del escritorio. No quería sonar desesperada. Eso nunca ayudaba. Pero tampoco podía seguir fingiendo que estaba ahí por vocación pura, porque ni yo me creía eso.
—Porque no quiero terminar en las Reservas.
Rovsman no reaccionó.
—Eso es evitar algo. No querer algo.
—En B3... muchas decisiones empiezan así.
Mi voz salió más baja de lo que pretendía.
Rovsman tomó una nota.
—Continúa.
Tragué saliva.
—Quiero un puesto donde pensar sirva de algo. No digo que sea especial. Hay personas más capaces que yo. Pero aprendo rápido, observo bien y... suelo saber cuándo no conviene hablar.
Eso último no estaba en mis respuestas preparadas.
Rovsman levantó la mirada.
—¿Sueles callarte cuando algo te incomoda?
La imagen de Lucas volvió demasiado rápido.
Mara sujetándole el brazo. Darian acomodándole el cuello de la camisa. El auxiliar mirando su pantalla.
—A veces —dije.
—¿Por miedo?
Dudé.
—Por intuición.
Rovsman apoyó el bolígrafo sobre el archivo.
—El miedo también puede parecer intuición.
No respondí enseguida. No porque quisiera hacerlo interesante. Simplemente no tenía una respuesta limpia.
—Puede ser —admití.
—Imagina que ves a alguien abusando de su posición en un espacio oficial. No hay violencia directa. No hay una regla rota de forma clara. Pero entiendes lo que está pasando. ¿Intervienes?
Me quedé quieta.
Demasiado quieta.
—Depende —dije.
—Respuesta pobre.
Bajé un poco la mirada.
—Lo sé.
—Entonces mejórala.
Respiré por la nariz. Intenté ordenar la respuesta antes de hablar, pero mientras más la ordenaba, peor sonaba.
—Depende de si intervenir ayuda a la persona afectada o solo me hace sentir mejor a mí.
Rovsman no escribió nada.
—¿Y si no intervenir permite que el abuso continúe?
—Entonces... intervenir mal también puede empeorarlo.
—Eso suena cómodo.
Sentí un pinchazo de molestia, pero lo contuve.
—No quise decir que fuera cómodo.
—¿Qué quisiste decir?
—Que no siempre sé cuál es la opción correcta en el momento.
Esa fue la respuesta más honesta que había dado hasta entonces.
Rovsman me observó un poco más.
—¿Te consideras una persona valiente?
Casi dije que no. Me detuve.
No sabía si responder rápido era mejor o peor.
—No especialmente.
—¿Cobarde?
—No... no creo.
—¿Entonces?
Me apreté los dedos sobre las rodillas.
—Creo que intento no actuar sin pensar.
—Eso no responde la pregunta.
—Lo sé.
Rovsman esperó.
La sala se sintió más seca.
—No creo tener una respuesta clara, señor.
Por primera vez, no pareció decepcionado.
—Eso sí responde algo.
No supe si era bueno.
Rovsman volvió al archivo.
—Tu rendimiento mágico es bajo.
No dije nada. Esta vez aprendí.
—Pero tus resultados teóricos son consistentes. Matemática, análisis de sistemas, lógica aplicada. También tienes buenos registros en resolución de problemas bajo restricciones. Tus evaluadores mencionan tendencia a sobrepensar y baja iniciativa espontánea.
Baja iniciativa espontánea.
Qué forma tan limpia de decir que tardo demasiado en moverme.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó.
—Con parte.
—¿Qué parte no?
Dudé otra vez.
—No creo que pensar antes de actuar sea siempre un defecto.
—Nadie dijo que siempre lo fuera.
—Entonces... supongo que depende del contexto.
—Todo depende del contexto. Esa frase no sirve de mucho si no puedes identificarlo a tiempo.
Tenía razón. Eso me molestó, pero no tanto como para discutir.
—Sí, señor.
Rovsman cerró el archivo con calma.
—En el Personal, pensar demasiado tarde puede costar vidas. Pensar demasiado temprano también puede hacerlo. El problema no es que pienses. El problema es si sabes cuándo dejar de hacerlo.
Me quedé callada.
—¿Sabes? —preguntó.
Quise decir que sí. Era la respuesta obvia.
Pero después de la sala de espera, no estaba tan segura.
—No siempre —dije al fin.
Rovsman me miró fijo.
—Buena respuesta.
Me tomó por sorpresa.
—¿Lo es?
—Es menos inútil que mentir.
No supe qué hacer con eso, así que no hice nada.
Rovsman revisó otra hoja.
—Administración no te conviene.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Entiendo.
—No dije que fueras rechazada.
Levanté la mirada, antes de poder evitarlo.
—Tampoco Logística —continuó—. Cumplirías. Probablemente bien. Pero terminaríamos usando a alguien con buen análisis para tareas que no lo necesitan.
No sabía si eso era un cumplido. Con él, todo sonaba como una advertencia.
—Investigación tiene menos orden del que parece desde fuera —dijo—. Hay errores, egos, proyectos mal planteados y gente inteligente tomando decisiones estúpidas con mucha seguridad. No es un lugar cómodo.
—No busco comodidad.
Lo dije muy rápido.
Rovsman me miró.
Corregí el tono.
—Al menos... no principalmente.
—Sí la buscas —dijo—. Todos la buscan. La diferencia es cuánto están dispuestos a sacrificar para conseguirla.
No pude responder.
—Pero podrías ser útil allí.
Tardé un segundo en entenderlo.
—¿En Investigación?
—Asignada a la División de Investigación. Periodo inicial de observación. Si no produces nada útil, te moverán. Si causas problemas, te moverán más rápido.
Así de simple.
No hubo alivio limpio. Solo una frase que cambiaba mi futuro, dicha como si fuera una anotación más en el expediente.
—Gracias, señor.
—No me agradezcas todavía.
Me levanté con cuidado. Sentía las piernas firmes, pero no confiaba demasiado en ellas.
Antes de llegar a la puerta, Rovsman habló otra vez.
—Una cosa más.
Me detuve.
—Lo de afuera.
No respondí.
—No voy a pedirte una explicación —dijo.
Eso no me tranquilizó.
—No sabía qué hacer —admití.
—Eso suele ser más honesto que decir que no era asunto tuyo.
Apreté los labios.
—¿Debí intervenir?
Rovsman guardó el archivo.
—No lo sé.
La respuesta me dejó peor de lo que esperaba.
—Lo que sí sé —añadió— es que si cada vez necesitas estar segura antes de actuar, vas a fallar.
Tragué saliva.
—Entiendo.
—Todavía no. Pero puedes aprenderlo.
La puerta se abrió cuando acerqué la mano al panel.
—Puedes retirarte.
Salí de la sala con la asignación en mi expediente y una sensación rara en el estómago. Había conseguido lo que quería. Investigación. Una salida. Un lugar donde quizá mi cabeza sirviera para algo más que sobrevivir al día siguiente.
Lucas y Mara ya no estaban en la sala de espera.
Darian tampoco.
Solo quedaban algunos candidatos, el auxiliar de siempre y el silencio blanco del Personal.
Me senté un momento antes de seguir. No tenía ninguna razón práctica para hacerlo. Ya había terminado.
Pero mis piernas no parecían enteradas.
Miré mis manos.
Quietas.
Eso debería haberme alegrado.
No lo hizo.