Capítulo 1
capitulo 1
Capítulo 1
La sala de espera seguía casi igual cuando salí.
Sheryl estaba sentada donde la había dejado, con las manos juntas sobre las piernas. Marcus seguía dos asientos más allá, reclinado contra la pared, fingiendo que no le importaba nada.
La pierna no dejaba de moversele.
—¿Cómo te fue? —preguntó Sheryl.
No era solo curiosidad. Quería saber si debía asustarse más o menos.
—Me asignaron a Investigación —dije.
Sheryl abrió un poco los ojos.
—Eso es bueno, ¿no?
—Sí.
La respuesta salió seca. Más seca de lo que quería.
Marcus soltó una risa corta.
—Dices "sí" como si te hubieran mandado a limpiar filtros.
Lo miré un segundo.
—Todavía no sé qué hacen en Investigación.
—Investigar, supongo.
—Ya veo.
No dije más. No tenía energía para pelear con Marcus, y él no parecía tener energía para ganar nada.
Sheryl bajó la mirada.
—¿Te hicieron muchas preguntas?
Me senté a su lado. Seguir de pie hacía que todo pareciera más serio.
—Algunas.
—¿Difíciles?
Pensé en Rovsman. En su archivo. En la forma en que una pregunta simple podía dejarte sin una respuesta decente.
—Raras.
Marcus se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Raras cómo?
—No preguntaban solo datos. Querían ver cómo respondías.
Sheryl apretó los dedos.
—Eso no ayuda mucho.
No. No ayudaba.
Me quedé callada un momento, intentando pensar en algo útil.
—No intentes adivinar demasiado —dije al fin—. Creo que se nota.
Sheryl asintió, aunque no parecía más tranquila.
—¿Y si no sé qué responder?
—Dilo.
—¿Solo eso?
—No sé. A mí no me fue tan mal.
Marcus resopló.
—Qué inspirador.
No respondí.
Sheryl soltó una risita pequeña, casi por accidente. Se tapó la boca enseguida, como si reírse en esa sala estuviera mal visto.
Quizá lo estaba.
El auxiliar levantó la vista de su pantalla.
—Sheryl Satzia.
Sheryl se puso rígida.
—Ah... sí.
Se levantó y alisó su ropa con las manos. No hacía falta; ya estaba perfectamente arreglada.
—Suerte —dije.
—Gracias.
Entró a la sala de entrevistas.
Marcus la vio desaparecer y dejó de mover la pierna por fin.
No comenté nada.
A veces una podía ser decente.
El auxiliar tocó algo en la pantalla.
—Estelle Vacuo. Asignados a Investigación deben esperar en la sala secundaria. Puerta del fondo a la izquierda.
—¿Ahora?
—Ahora.
Claro. Porque dejarme sentada un minuto en paz habría sido peligroso para la estabilidad de B3.
Me levanté.
Marcus me miró desde el banco.
—Investigación, eh.
—Eso dijeron.
—Bueno. No rompas nada caro.
—Intenta salir de una pieza.
—Lo mío sería accidente.
—Seguro.
Fue lo más parecido a una despedida que tuvimos.
Caminé hacia la puerta indicada. La sala secundaria estaba al final de un pasillo corto, separada del resto por una puerta automática con el símbolo del Personal grabado en gris. Al acercarme, el panel leyó mi identificación y se abrió.
Adentro había otra sala de espera.
Claro.
Más pequeña, con sofás largos en los laterales, un dispensador de agua en una esquina y luces tenues en el techo. Intentaba parecer menos hostil que la primera. Casi lo lograba.
Había alguien sentada en el sofá de la derecha.
Nadia Serlen.
La reconocí de inmediato, aunque nunca habíamos hablado. Era difícil no conocer su nombre. Había entrado a Investigación en el ciclo anterior y, desde entonces, se las había arreglado para aparecer en casi todos los rumores de la División.
Prodigio. Insoportable. Brillante. Imposible de supervisar.
El orden cambiaba según quién hablara.
Estaba sentada con las piernas cruzadas, la espalda recta y los ojos cerrados, como si la sala fuera suya por derecho natural.
Me quedé en la entrada.
—Estelle Vacuo.
Nadia no saludó. Me nombró como si ya me tuviera archivada.
—Sí.
Abrió los ojos.
—Llegas entera. Bien.
—No sabía que había otra opción.
—Con Rovsman siempre hay varias.
Eso me hizo mirarla con más atención.
—¿Te han mandado a esperar aquí?
—Me han dejado a tu cargo.
—Eso suena poco probable.
Nadia sonrió apenas.
—Qué decepción. Yo intentando parecer importante.
—No necesitas intentarlo mucho.
Se quedó mirándome un segundo.
—Ah.
Me arrepentí casi al instante.
—Me refiero a que se habla de ti.
—Eso suele pasar cuando una es encantadora.
—No era la palabra que más se repetía.
—Insoportable, entonces.
—Entre otras.
Nadia pareció satisfecha.
—Técnicamente soy tu supervisora de inducción.
—Eso ya tiene más sentido.
—No pareces aliviada.
—Todavía no has explicado qué significa.
—Significa que voy a enseñarte lo básico antes de que molestes a la persona equivocada.
—¿Hay muchas personas equivocadas?
—En Investigación, casi todas.
—Perfecto.
—Lo dices como si fuera culpa mía.
—No. Solo estabas cerca.
Nadia sonrió un poco más.
—Vas a ser menos aburrida de lo que parecía.
—Eso no era una invitación.
—Tranquila. No acepto invitaciones tan pobres.
Me senté en el sofá opuesto.
—Muy lejos.
—Muy libre.
—Hay otros cuatro libres.
—Entonces he tenido opciones.
—Bien.
—¿Bien?
—Si te hubieras sentado a mi lado solo porque yo estaba aquí, habría sido raro.
—También habría sido raro que me lo pidieras.
—Por eso no lo he pedido.
Hubo un silencio corto.
—¿Siempre haces esto?
—¿Hablar?
—Medir a la gente mientras finges que no.
Nadia inclinó la cabeza.
—Solo cuando me obligan a trabajar.
—Qué tragedia.
—Una enorme. Vamos.
—¿Ahora?
—Antes de que Gallagher venga a comprobar si he hecho algo útil.
—¿Y lo has hecho?
—He confirmado que sabes escuchar y desconfiar al mismo tiempo.
—Eso no parece muy difícil.
—Te sorprendería.
Nadia se levantó.
No añadió nada más. Supongo que para ella eso ya contaba como instrucción.
—¿Vamos a algún sitio concreto?
—A Investigación.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces vas bien.
La puerta del fondo se abrió.
Gallagher Thylen apareció en el umbral con una carpeta bajo el brazo y la expresión de alguien que no había venido a participar en la conversación.
Nadia giró apenas la cabeza.
—Capitán.
—Serlen.
Él me miró después.
—Vacuo. Una semana de observación. Acceso limitado. Serlen te enseñará lo básico.
—Sí, señor.
—No es una recompensa. Es una prueba más larga.
Eso fue menos agradable de oír, pero más fácil de entender.
Nadia pasó a mi lado.
—Te lo habría dicho con más delicadeza.
Gallagher ni siquiera la miró.
—No.
Ella sonrió, pero no insistió.
Lo seguimos por el pasillo.
—La División no funciona como las áreas básicas del Personal —dijo Gallagher—. Aquí no basta con estar asignada. Hay que justificar recursos.
—¿Recursos?
—Mesa, habitación, equipo, acceso a archivos, tiempo de otros investigadores.
Dicho así, mi asignación sonó menos como una oportunidad y más como una deuda.
—¿Y cómo se justifica?
—Con trabajo útil.
Nadia caminaba unos pasos por delante, tranquila.
—O con trabajo que parezca útil hasta que lo sea.
Gallagher se detuvo lo justo para mirarla.
—No le enseñes eso el primer día.
—Entonces el segundo.
—Tampoco.
Nadia siguió caminando como si la respuesta le hubiese bastado.
El transporte esperaba fuera.
Subimos. Gallagher ocupó el asiento delantero. Nadia se sentó frente a mí, junto a la ventana, y miró hacia fuera sin decir nada durante un rato.
Eso me sorprendió un poco.
Había esperado más comentarios. Más ruido.
Pero Nadia parecía cómoda con el silencio. Como si no necesitara llenar nada.
La zona administrativa quedó atrás. Luego vinieron los pasillos exteriores, los módulos antiguos, los edificios bajos que B3 seguía usando porque todavía funcionaban y porque reemplazarlos habría requerido que a alguien, en algún lugar importante, le importara.
—Ahí está Logística —dijo Nadia, señalando sin mucho interés—. Si necesitas algo, pide primero lo que no necesitas. A veces te dan lo segundo por error.
La miré.
—Eso no puede ser un procedimiento real.
—No. Por eso funciona.
Gallagher habló desde delante.
—No hagas eso.
—No he dicho que lo hiciera.
—No hacía falta.
Nadia volvió a mirar por la ventana.
La División apareció unos minutos después. No parecía nueva. Parecía cuidada a la fuerza: paneles reparados, antenas añadidas sobre estructuras viejas, cristales limpios en marcos que habían visto mejores décadas.
No era bonita.
Pero estaba viva.
Al entrar, me golpeó el ruido bajo de las terminales, los pasos y las conversaciones a media voz. Nadie se giró para mirarnos. Eso me tranquilizó más de lo que esperaba.
Gallagher nos llevó hasta un panel lleno de nombres, horarios y propuestas.
—Tablón de asignaciones. Lo mirarás cada mañana.
Busqué mi nombre.
No estaba.
—Si aparece en rojo —continuó—, alguien quiere verte o has hecho algo mal. A veces ambas cosas.
—¿Y durante la semana?
—Presentaciones obligatorias. Archivo básico. Observación de líneas abiertas. Si un equipo pide apoyo, puedes aceptarlo. Si nadie te pide, tendrás que proponer algo.
—¿Algo?
—Una pregunta. Un problema. Un método. No una curiosidad con buena caligrafía.
Nadia soltó una risa breve por la nariz.
—Esa frase sí deberías apuntarla.
No respondí. En parte porque tenía razón.
Gallagher tocó el panel y apareció una lista de presentaciones.
Protocolos. Seguridad. Archivo histórico. Recursos. Sesgos en informes.
—Asistirás a todas —dijo—. Luego decidirás si tienes algo que aportar.
—¿Y si no lo tengo?
Gallagher me miró.
—Entonces el sistema te encontrará un sitio.
No sonó cruel.
Eso lo hizo peor.
Nadia se apartó del panel.
—Traducción: tienes una semana para no parecer trasladable.
—Eso tampoco suena mejor.
—No era para que sonara mejor.
Gallagher cambió la vista del panel a Nadia.
—Serlen. Si activas una unidad provisional con Vacuo, puedes solicitar el módulo de dúo.
Nadia tardó medio segundo en responder.
No mucho. Lo justo para que yo notara que eso sí le importaba.
—¿El del fondo?
—El viejo —dijo Gallagher—. El único.
—Creí que no lo aprobabas.
—No lo apruebo. Lo pongo a prueba.
Nadia no sonrió esta vez.
Eso me preocupó un poco más que si lo hubiera hecho.
—¿Condiciones? —preguntó ella.
—Una línea de trabajo antes de que termine la semana. Algo revisable, no una excusa con título.
—Qué falta de confianza.
—La justa.
Gallagher le entregó una tarjeta de acceso.
—Dormitorios, archivo básico, comedor. Sin desvíos.
Nadia tomó la tarjeta.
—¿Eso incluye el módulo?
—Solo si Vacuo acepta la unidad.
Ahora sí me miraron las dos personas de la conversación.
Perfecto.
Él se fue sin despedirse.
Nadia esperó a que se alejara antes de mirarme.
—Bueno, Vacuo. Primera lección: aquí nadie te odia de entrada.
—Eso es bueno.
—No especialmente. Significa que todavía no importas.
Miré otra vez el tablón.
Nombres. Proyectos. Fechas. Solicitudes. Rechazos.
Todo el mundo parecía tener algo entre manos.
Yo acababa de llegar y ya tenía la sensación de ir tarde.
Nadia no explicó nada mientras caminábamos.
Eso ya empezaba a parecer una costumbre suya. Daba una dirección, esperaba que una la siguiera y dejaba las explicaciones para cuando el silencio ya era incómodo.
El ala residencial estaba más tranquila que la planta principal. Menos terminales, menos voces, menos pasos. Aun así, seguía teniendo esa sensación de edificio ocupado incluso cuando no había nadie cerca. Puertas cerradas, luces blancas, paneles con nombres y horarios. Todo sabía quién eras antes de que tú decidieras si querías estar allí.
Nadia pasó de largo varias puertas.
—Creo que los dormitorios estaban antes —dije.
—Los normales, sí.
—¿Y no vamos a esos?
—Luego.
No me gustó ese "luego".
Al final del pasillo, las paredes cambiaban un poco. No mucho. B3 no era un lugar de grandes gestos estéticos. Pero allí los paneles eran más viejos, las juntas del suelo estaban más marcadas y las luces tardaban un instante más en encenderse a nuestro paso.
Nadia se detuvo ante una puerta doble con una placa gris.
Módulo D-F.
Debajo, en letras más pequeñas:
Unidad de investigación de dos integrantes. Estado: disponible bajo autorización.
—Este es el viejo —dijo.
—Ya lo veo.
—No. Ves una puerta vieja. Es distinto.
Sacó la tarjeta que Gallagher le había dado y la acercó al lector.
El panel tardó un poco en responder.
Autorización parcial detectada.
Requiere unidad provisional activa.
Nadia me miró.
—Ahí entras tú.
—No he aceptado entrar en nada.
—Todavía.
—Nadia.
Fue la primera vez que dije su nombre desde que llegamos a la División. Sonó más serio de lo que pretendía.
Ella no pareció impresionada.
—Puedes decir que no.
Eso me hizo desconfiar más.
—Qué generosa.
—No. Solo sería un trámite distinto.
Tocó el panel. Apareció una ficha simple, sin adornos.
Unidad provisional
Integrantes requeridos: 2
Línea de trabajo: pendiente
Periodo de revisión: 7 días
Recurso asociado: Módulo D-F
Debajo había dos espacios vacíos.
Serlen, Nadia.
Vacuo, Estelle.
Mi nombre ya estaba allí.
—Eso es muy rápido —dije.
—Gallagher lo dejó preparado.
—Gallagher dejó preparada una opción.
—Sí. Y sería poco educado ignorarla.
La miré.
Nadia sostuvo mi mirada con calma.
—Estás intentando quedarte conmigo antes de que pueda buscar otro grupo.
—Sí.
No lo negó.
Eso fue molesto, pero al menos ahorraba tiempo.
—¿Por qué?
—Porque nadie quiere trabajar conmigo.
Lo dijo sin drama. Casi con aburrimiento.
Esperé a que añadiera algo. Una burla. Una explicación arrogante. Cualquier cosa que hiciera la frase menos limpia.
No lo hizo.
—Y tú quieres que yo lo haga —dije.
—No he dicho eso.
—Lo estás registrando en un panel.
—Quiero que parezcamos una unidad provisional hasta que lo seamos o hasta que nos separen. Es diferente.
Leí otra vez la ficha.
Siete días. Línea de trabajo pendiente. Recurso asociado.
—¿Qué ganas con esto?
Nadia apoyó un hombro contra la pared.
—Un espacio donde trabajar sin pedir una mesa cada vez. Un archivo local. Una puerta que no comparte media División. Y que Gallagher deje de usar la palabra potencial como si fuera un insulto.
Eso sí sonaba a una razón.
—¿Y yo?
—Tú dejas de aparecer como nueva sin unidad.
—Eso no es exactamente un beneficio.
—En Investigación sí.
No me gustaba que tuviera sentido.
El panel seguía esperando mi confirmación. Muy paciente. Muy limpio. Muy desagradable.
—¿El módulo es una habitación compartida?
—Es un módulo de trabajo con dos zonas privadas.
—Eso no responde del todo.
—Dos camas separadas, dos escritorios, una sala común, una terminal de unidad y un archivo pequeño. No es una prisión matrimonial, si eso te preocupa.
—No me preocupaba eso.
—Bien. Habría sido pronto.
No respondí. No valía la pena.
Miré la puerta otra vez.
Una parte de mí quería rechazarlo solo porque Nadia lo quería demasiado. Otra parte, bastante más sensata, recordaba el tablón de asignaciones. Nombres. Proyectos. Solicitudes. Rechazos.
Sin unidad provisional.
La frase no necesitaba gritar para sonar mal.
—Si acepto —dije—, esto no significa que trabajemos en lo que tú quieras.
—No.
—Ni que pueda entrar en mi espacio privado cuando te dé la gana.
—No necesito permiso administrativo para ser molesta.
—Nadia.
—Está bien. No entraré sin avisar.
—Eso no ha sonado muy convincente.
—Era lo mejor que tenía.
Suspiré.
El panel seguía allí. Esperando.
—Si esto sale mal, solicito traslado.
—Si esto sale mal, Gallagher nos traslada antes.
Qué tranquilizador.
Puse la mano sobre el lector.
El panel leyó mi huella y actualizó la ficha.
Unidad provisional: Serlen / Vacuo
Módulo asignado: D-F
Estado: sujeto a revisión
La puerta se abrió con un sonido bajo, como si llevara tiempo sin hacerlo del todo.
El interior olía a aire filtrado y metal viejo.
No era grande, pero sí más amplio que una habitación individual. Había una sala común estrecha con una mesa de trabajo en el centro, una terminal empotrada en la pared y dos puertas pequeñas a los lados. Una para cada zona privada. El mobiliario era sobrio, desgastado en los bordes, demasiado funcional para fingir comodidad.
Pero tenía espacio.
Espacio real.
Nadia entró primero y miró alrededor sin entusiasmo visible. Eso me dijo bastante.
—¿No estás satisfecha? —pregunté.
—Lo estaré si no nos lo quitan.
El comentario cayó más pesado de lo que esperaba.
Entré detrás de ella.
La terminal central se encendió.
Bienvenidas, Unidad Serlen / Vacuo.
Línea de trabajo pendiente.
Nadia leyó el aviso y luego me miró.
—Primera tarea.
—Encontrar algo que investigar.
—Encontrar algo que podamos defender.
No era lo mismo.
Y, por desgracia, era una diferencia importante.